Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio por Harry Potter. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan cómo son capaces de modificar nuestra mente gracias a la tecnología de la neuroimagen.
Y eso es especialmente significativo con determinadas figuras estilísticas, aunque, a priori, nos puedan parecer la parte aburrida, academicista, exegética, de pasatiempo de la literatura.
Por ejemplo, el oxímoron. Es decir, usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Muerto viviente, silencio atronador, noche blanca y monstruo hermoso. Según un estudio que investigadores del Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL) de San Sebastián, un oxímoro, así como otras figuras retóricas, generan una intensa actividad en el área frontal izquierda del cerebro, una actividad que no se produce cuando se trata de una expresión neutra o de una incorrecta.
El descubrimiento se ha publicado en la revista NeuroImage, una de las cabeceras más prestigiosas en este campo, aunque toda la parte experimental no se ha llevado a cabo con neuroimágenes sino con electroencefalogramas.
Los investigadores varias listas de frases incorrectas, neutras, oxímoron y pleonasmos (vocablos innecesarios que añaden expresividad), empleando el mismo sustantivo como sujeto: la palabra ‘monstruo’. Después, se les mostraron estas listas a personas de entre 18 y 25 años y se midió su actividad cerebral cuando las procesaban por medio del electroencefalograma. Los resultados muestran que cuanto menos natural es la expresión más recursos requiere para ser procesada en la parte frontal izquierda del cerebro: en el caso de los oxímoron, como ‘monstruo hermoso’, 500 milisegundos después de percibirse la expresión se midió una intensa actividad cerebral en la parte frontal izquierda del cerebro, un área íntimamente relacionada con el lenguaje que los seres humanos tienen muy desarrollada en comparación con otras especies.
jueves 26 de enero de 2012
martes 17 de enero de 2012
¿Cuánto tardas en morir si te cortan la cabeza?
La mejor persona para responder sobre lo que se siente y durante cuánto tiempo se siente una vez nos han guillotinado la cabeza, seguramente sea el científico británico y uno de los miembros fundadores de Amnistía Internacional Hardold Hillman. Y es que Hillman es nada menos que experto en la neurobiología de los métodos de ejecución y en la resucitación.
De hecho, Hillam consiguió un IgNobel por un artículo titulado “Posible dolor experimentado durante la ejecución por diferentes métodos”. La conclusión del mismo es que la mayoría de los métodos de ejecución son más dolorosos de lo que parecen, salvo la inyección intravenosa.
¿Y en el caso de que te guillotinen la cabeza? La cuchilla cercena los huesos que unen la cabeza al cuerpo, y eso, según narró en New Scientist: “Tiene que causar un gran dolor”. Grande, pero breve, ya que dos o tres segundos después caeremos inconscientes por la hemorragia, aunque el cerebro conserve aún sangre y oxígeno para sobrevivir 15 segundos más. ¿Explica eso los casos de cabezas cortadas que mueven los ojos o la boca? Según Hillman, solo son espasmos involuntarios causados por la agonizante química cerebral.
A propósito de lo que se siente cuando te cortan la cabeza también podemos leer en el libro de José Ramón Alonso “La nariz de Charles Darwin”:
En 2011, un grupo de neurofisiólogos de la Universidad de Nimega publicó un estudio sobre la decapitación. Los holandeses colocaron electrodos en el cerebro de ratas sanas y las decapitaron con una guillotina para estudiar qué sucede en su cerebro durante los segundos y minutos siguientes. Nos puede parecer un experimento cruel pero de hecho fue encargado por el Comité Ético de la Universidad para valorar si al decapitación, usada en bastante experimentos para realizar estudios postmortem, podría considerarse un procedimiento aceptable, humano, para la experimentación con animales. La actividad cerebral disminuyó con rapidez y a los 4 segundos se redujo a la mitad. Este nivel de actividad se considera semejante al de la inconsciencia profunda. (…) De este estudio se concluye que la decapitación causa un sufrimiento mínimo comparado con el de otros métodos. Aunque algunas crónicas de la Revolución francesa afirman que las cabezas de los guillotinados seguían conscientes más de treinta segundos después de la decapitación, el experimento holandés sugiere que esas informaciones fueron exageradas, pues lo más probable es que los ajusticiados perdieran la consciencia en un tiempo muy corto.
De hecho, Hillam consiguió un IgNobel por un artículo titulado “Posible dolor experimentado durante la ejecución por diferentes métodos”. La conclusión del mismo es que la mayoría de los métodos de ejecución son más dolorosos de lo que parecen, salvo la inyección intravenosa.
¿Y en el caso de que te guillotinen la cabeza? La cuchilla cercena los huesos que unen la cabeza al cuerpo, y eso, según narró en New Scientist: “Tiene que causar un gran dolor”. Grande, pero breve, ya que dos o tres segundos después caeremos inconscientes por la hemorragia, aunque el cerebro conserve aún sangre y oxígeno para sobrevivir 15 segundos más. ¿Explica eso los casos de cabezas cortadas que mueven los ojos o la boca? Según Hillman, solo son espasmos involuntarios causados por la agonizante química cerebral.
A propósito de lo que se siente cuando te cortan la cabeza también podemos leer en el libro de José Ramón Alonso “La nariz de Charles Darwin”:
En 2011, un grupo de neurofisiólogos de la Universidad de Nimega publicó un estudio sobre la decapitación. Los holandeses colocaron electrodos en el cerebro de ratas sanas y las decapitaron con una guillotina para estudiar qué sucede en su cerebro durante los segundos y minutos siguientes. Nos puede parecer un experimento cruel pero de hecho fue encargado por el Comité Ético de la Universidad para valorar si al decapitación, usada en bastante experimentos para realizar estudios postmortem, podría considerarse un procedimiento aceptable, humano, para la experimentación con animales. La actividad cerebral disminuyó con rapidez y a los 4 segundos se redujo a la mitad. Este nivel de actividad se considera semejante al de la inconsciencia profunda. (…) De este estudio se concluye que la decapitación causa un sufrimiento mínimo comparado con el de otros métodos. Aunque algunas crónicas de la Revolución francesa afirman que las cabezas de los guillotinados seguían conscientes más de treinta segundos después de la decapitación, el experimento holandés sugiere que esas informaciones fueron exageradas, pues lo más probable es que los ajusticiados perdieran la consciencia en un tiempo muy corto.
martes 10 de enero de 2012
¿Por qué los esquimales no se congelan al hacerlo?
Todos sabemos que los inuit, también conocidos, aunque cada vez menos, como esquimales, viven en unas construcciones hechas a base de bloques de hielo unidos mediante nieve denominados iglús. Estas estructuras, en forma de semiesfera, son conocidas por mantener su interior aislado de las bajas temperaturas exteriores del Ártico. Pero, ¿cómo es posible? Imaginemos un ser humano situado en el centro del iglú, más o menos. El aire que le rodea estará más caliente que el que se encuentra en contacto con las paredes de hielo, debido a que el cuerpo humano le transfiere calor. Como consecuencia, el aire más caliente, al ser menos denso que el más frío, ascenderá hacia el techo del iglú. Por el contrario, el aire más frío próximo a las paredes del iglú, descenderá. Se genera entonces una corriente de convección que hace que la temperatura interior no permanezca constante.
Por un lado, el calor que escapa del interior del iglú lo hace, obviamente, a través de las paredes de hielo mediante un proceso conocido como conducción térmica. Se puede demostrar que este flujo de calor (energía por unidad de tiempo) depende de la conductividad térmica del material a través del que circula (hielo y nieve compactada), del área superficial del iglú (dos veces pi por el cuadrado del radio de la esfera-iglú, es decir, la mitad del área de una esfera), de la diferencia de temperaturas entre el interior y el exterior y del espesor de las paredes.
Por otro lado, una vez transcurrido el tiempo suficiente, el flujo de calor aludido en el párrafo anterior debe ser igual al generado por el cuerpo humano en el interior del iglú. Si admitimos que éste tiene lugar preferentemente por radiación, es decir, en forma de ondas electromagnéticas en la banda infrarroja del espectro, su valor vendrá expresado por la ley de Stefan-Boltzmann del cuerpo negro. Hagamos unos números.
Supongamos que el inuit está en pelota picada (solo o, mejor aún, bien acompañado), que la temperatura de su piel es de unos 33 ºC y que el cuerpo humano se comporta como un emisor casi perfecto. Admitiendo una estatura de 180 cm y una superficie corporal de 2 metros cuadrados, así como unos 90 kg de peso, no tenemos más que igualar las expresiones del flujo térmico aludidas en los dos párrafos precedentes y obtendremos inmediatamente (para un diámetro del iglú de 4 metros y un espesor de sus paredes de 30 cm) que la diferencia entre las temperaturas exterior e interior asciende nada menos que a casi 50 ºC. Esto significa que aunque en el exterior se les estén congelando las pelotas a los mismísimos osos polares, cosa que ocurre a unos 40 grados bajo cero, en el interior del iglú nuestros inuits copulantes pueden "hacerlo" a la confortable temperatura de 10 ºC, justo para que el roce haga el cariño. ¿Quién necesita pieles de foca sobre el suelo o estufas?
sábado 17 de diciembre de 2011
Mina de azufre en Ijen: un infierno amarillo en la Tierra
Existe un infierno en Indonesia (uno de tantos que puebla el mundo). Está a 2.400 metros de altitud, en la cumbre del volcán Ijen, en la isla de Java. Se trata de una de las últimas minas de azufre a cielo abierto que sobreviven en el planeta. Así que imaginaos el paisaje: la tierra es de color amarillo y una nube tóxica está permanentemente suspendida en el ambiente; si hay mucha humedad, entonces parece que cae una fina lluvia ácida.
Pero lo que de verdad convierte este lugar en un infierno es el grupo de condenados que recorre el volcán de arriba a abajo. Es un destacamento de unos 200 trabajadores que extraen las rocas de azufre con sus propias manos, rocas que se forman al enfriarse los gases sulfurosos que son expulsados por el volcán a través de largas tuberías. La mayoría son trabajadores jóvenes, pues los gases acaban matando a quienes llevan muchos años aquí. Unos minutos en este lugar son suficientes para notar los primeros efectos físicos, sobre todo en los pulmones. La única medida de seguridad, en un mundo donde no existen las máscaras de gas, es un trozo de tela de algodón que se muerde entre los dientes mientras se respira únicamente por la boca.
Y es que el azufre, a pesar de su peligrosidad, se vende a buen precio en el mercado para la fabricación de pesticidas, pomadas tópicas o neumáticos, de modo que estos trabajadores miserablemente pagados por sus patronos transportan las rocas en cestas de mimbre cargadas con 70 y 100 kilogramos de peso, andando descalzos o provistos de precarias chanclas de goma, sufriendo quemaduras químicas, caminando kilómetros desde la mina, a 2.400 metros de altitud, hasta la base del volcán, por un sendero con 300 metros de desnivel, desafiando precipicios, ocultándose de las súbitas ráfagas de aire enrarecido que pueden tumbar sus cuerpos enclenques de apenas 1,60 de altura y 55 kilos de peso.
Un buen día de trabajo se traduce en la extracción de unas 12 toneladas de azufre. Los que trabajan dentro de la mina no lo tiene más fácil: se dedican a separar el azufre de la piedra con varas de hierro o picos mientras notan cómo sus bronquios se carcomen por los gases azufrados (llamando a gritos a la bronquitis crónica, al enfisema pulmonar y al asma). Los ojos se llenan de un picor que les durará días enteros (el bióxido de azufre se transforma en ácido sulfúrico diluido cuando entra en contacto con la humedad de los ojos), rodeados de chorros de gas que superan los 2.200 grados centígrados, como si estuvieran rodeados de calderas de locomotora, rodeados de un intenso olor a huevo podrido. Por si todo eso fuera poco, los científicos llevan tiempo pronosticando que el volcán podría entrar en erupción en cualquier momento.
El sueldo para cualquiera que trabaje aquí: 35.000 rupias diarias (unos 4 euros), unos tres céntimos de euro por cada kilo de azufre recolectado. Sin contrato ni seguro de vida, por supuesto. Ellos, después de todo, se consideran afortunados, pues trabajando en un arrozal o un cafetal ganarían la mitad. Porque siempre hay lugares peores que el Infierno. Y son amarillos.
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